una cineasta de kenia encuentra su voz tras la mutilación genital femenina
La cineasta keniana Beryl Magoko, superviviente de mutilación genital femenina (MGF), presenta en su documental «In Search…» (2018, «En búsqueda…») una mirada cruda y reveladora sobre una práctica que afecta a más de 230 millones de niñas y mujeres en todo el mundo, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS). En una de las escenas, Magoko reflexiona observando la vulva de una amiga que no ha sufrido esta mutilación: «Parecen pétalos, como una rosa».
Originaria del pueblo kuria en el condado de Nyanza, en el oeste de Kenia, Magoko fue sometida a la MGF a la edad de diez años, impulsada por la presión social sin revelar su escape a su madre. Ese día, comprendió que «ninguna mujer debería atravesar esto», un deseo que la llevó a contar su historia a través de su obra documental.
La cineasta, que ahora tiene 41 años, ha producido dos documentales, «The Cut» (2017, «El corte») e «In Search…» (2018, «En búsqueda…»), que presentan las voces de su comunidad, analizan el impacto de la MGF, y documentan su propio proceso de someterse a una cirugía de reconstrucción del clítoris.
Un dolor indescriptible
El documental retrata una ceremonia donde un grupo de mujeres, en medio de la celebración y con maracas, anima a un grupo de niñas, quien a pesar de estar envueltas en coloridos kitenges, muestran miradas tristes. Durante la celebración, la cámara capta momentos inquietantes, como un hilo de sangre que corre por la pierna de una de las jóvenes mientras otra se desmaya, a lo que los adultos responden dándole hierbas para anestesiarla. «No creo que haya ninguna palabra para describir ese dolor», recuerda Magoko.
Veinte años después de haber vivido ella misma la MGF, considerada un «rito de paso a la edad adulta», Magoko regresó a su comunidad para documentar las consecuencias de esta práctica y las creencias que la perpetúan. Algunas «historias de terror» afirman que la ablación previene la prostitución o que una mujer que no es mutilada no podrá cultivar hierbas en su huerto, explica Magoko.
Entre los efectos adversos de la MGF se incluyen hemorragias, infecciones, complicaciones urinarias y vaginales, dolor durante las relaciones sexuales, exceso de tejido cicatricial, fístulas, problemas en el parto, trastornos psicológicos e incluso la muerte. Magoko describe la experiencia como una barbarie: «No sabes qué te van a hacer porque nadie te dice lo que te van a cortar. Vas allí como un cerdo que llevan a un matadero».
La MGF se practica en unos 30 países de África, Oriente Medio y Asia, con el continente africano concentrando a la mayor parte de las víctimas, unas 144 millones (un 63 %). Cada año, alrededor de 4 millones de mujeres y niñas corren el riesgo de sufrirla, incluso en países donde residen comunidades migrantes, lo que hace de la MGF un «problema global», según la cineasta.
Recuperar su clítoris y su voz
Tras recoger los testimonios de su comunidad en su primer documental, Magoko decidió abordar su propia historia en su segundo filme, enfrentándose a la cámara. «¿Sentiré las sensaciones normales, como la gente normal?», pregunta con timidez en su primera visita a un doctor en Alemania, tras descubrir que existe una cirugía para reconstruir el clítoris.
Esta cirugía pionera, con investigación aún limitada, permite a algunas supervivientes reposicionar la parte no mutilada del clítoris a la superficie, restaurando la sensibilidad de este órgano y aliviando el dolor que estas mujeres soportan hasta la adultez. Magoko afirma: «La cultura me quitó lo que me pertenecía por naturaleza, pero lo recuperé. Intentaron silenciarme, pero a través de esta película recuperé mi voz y eso es lo más importante, porque la cirugía mejora las cosas, pero no hace que el trauma se vaya».
Aunque se enfrenta a noticias desalentadoras, como la reciente solicitud ante la Corte Suprema de Gambia para legalizar nuevamente la MGF, Magoko se mantiene firme en su objetivo de «distribuir información para crear conciencia». Los cambios parecen surgir lentamente; en su última visita a su pueblo, preguntó a su abuela y a su madre si participarían hoy en una ceremonia de ablación y ambas respondieron: «No, huiríamos y lucharíamos ‘hasta nuestro último aliento’ contra esta práctica».
