Revisión de la pirámide alimentaria de EE. UU.: logros, peligros y su falta de aplicabilidad
Las guías alimentarias deben interpretarse en base de la evidencia científica, los recursos locales y las características de la población a la que van dirigidas. Estas recomendaciones deben tener en cuenta que las pirámides nutricionales o las recomendaciones generales de un país se elaboran no solo a partir de la evidencia científica, sino también considerando los recursos locales y las particularidades de la ciudadanía.
¿Qué aporta realmente la pirámide nutricional de Estados Unidos?
En términos generales, consideramos que estas directrices suponen un avance respecto a recomendaciones previas, especialmente por el esfuerzo en simplificar los mensajes y trasladarlos de forma visual y comprensible a la población general.
El énfasis en reducir el consumo de ultraprocesados, priorizar “alimentos reales”, aumentar la presencia de frutas y verduras, así como de proteínas, es, sin duda, un impacto positivo en salud pública en el contexto estadounidense, donde los malos hábitos alimentarios están ampliamente normalizados.
No obstante, junto a estos avances, es necesario realizar una lectura crítica y matizada del mensaje que transmite la nueva pirámide, especialmente de su representación visual.
Priorizar “alimentos reales”, aumentar la presencia de frutas y verduras, así como de proteínas es, sin duda, un impacto positivo en salud pública en el contexto estadounidense. En particular, puede generar confusión al situar al mismo nivel alimentos que no son nutricionalmente equivalentes, como pescado, aves, carne roja o determinados productos lácteos.
Desde el punto de vista de la evidencia científica, no es lo mismo priorizar pescado que carne roja, ni equiparar grasas como el aceite de oliva con la mantequilla. Esta falta de jerarquización clara puede transmitir mensajes ambiguos a la población.
El mayor protagonismo otorgado a la proteína es comprensible y, en parte, positivo, especialmente en una población con alto consumo de calorías vacías y baja densidad nutricional. Sin embargo, el debate no debe centrarse en una dicotomía entre proteína animal o vegetal, sino en un patrón mixto y equilibrado.
La proteína animal tiene un papel relevante en determinados contextos, pero un consumo elevado de carnes rojas y, especialmente, de carnes procesadas se asocia a un mayor riesgo cardiovascular, metabólico y oncológico. Por ello, equiparar visualmente pollo, carne roja y pescado no refleja adecuadamente las diferencias existentes en términos de salud cardiometabólica.
Proteínas, lácteos y grasas: el riesgo de mensajes simplificados
Asimismo, la introducción de objetivos cuantitativos de ingesta proteica en gramos por kilo de peso corporal puede ser útil en entornos clínicos o en perfiles concretos, como personas mayores, deportistas, pacientes en pérdida de peso o con riesgo de desnutrición. Sin embargo, su aplicación generalizada en población sana puede inducir a interpretaciones simplistas, como asumir que “cuanta más proteína, mejor”.
En la población general, una ingesta en torno a 1–1,2 g/kg/día suele ser suficiente, y aportes más elevados deben individualizarse, especialmente en población concreta (deportistas o personas muy activas, determinadas enfermedades, dietas hipocalóricas).
En relación con los lácteos, resulta positivo que las guías estadounidenses pongan el foco en diferenciar el lácteo natural de los productos lácteos azucarados o ultraprocesados. El mensaje “sin azúcares añadidos” resulta especialmente útil en contextos como en España, donde existe una amplia oferta de postres lácteos percibidos erróneamente como saludables.
No obstante, recomendar lácteos enteros de forma generalizada requiere matices. No es imprescindible que toda la población consuma tres raciones diarias, ni que estas sean necesariamente enteras.
Las necesidades dependen del contexto dietético global, la edad, el nivel de actividad y el perfil metabólico. En personas con obesidad, diabetes o dislipemia, el consejo debe individualizarse.
Respecto a frutas, verduras y cereales integrales, aunque la guía los menciona, su papel central no siempre queda reflejado de forma clara en el mensaje visual.
Desde una perspectiva de salud pública, habría sido más coherente otorgarles mayor protagonismo, diferenciar mejor entre cereales integrales y refinados y evitar representaciones que sugieran equivalencias entre alimentos con perfiles nutricionales muy distintos.
En este sentido, la dieta mediterránea sigue siendo un modelo de referencia sólido, basado en la abundancia de vegetales, frutas, legumbres y cereales integrales, el uso de grasas de calidad como el aceite de oliva y un consumo moderado y bien seleccionado de proteínas animales.
Otros factores que deberían contemplarse
También resulta válido el énfasis renovado en reducir azúcares añadidos y ultraprocesados. Mensajes como “no se recomienda ninguna cantidad” de azúcar pueden ser potentes desde el punto de vista educativo, siempre que se traduzcan en recomendaciones prácticas y asumibles, evitando enfoques culpabilizantes para la sociedad.
Recomendaciones que no tienen en cuenta el nivel de renta, el acceso desigual a alimentos saludables o el entorno alimentario corren el riesgo de aumentar las desigualdades y de trasladar toda la responsabilidad al individuo.
Priorizar agua como bebida habitual, reducir la frecuencia de bollería y bebidas azucaradas y aprender a identificar azúcares ocultos en productos aparentemente saludables son estrategias realistas.
Por último, cualquier guía alimentaria debe contemplar los determinantes sociales de la alimentación. Recomendaciones que no consideran el nivel de renta, el acceso desigual a alimentos saludables o el entorno alimentario corren el riesgo de aumentar las desigualdades y de trasladar toda la responsabilidad al individuo, limitando su impacto real en salud pública y perdiendo confianza en las instituciones sanitarias.
En conclusión, la nueva pirámide nutricional estadounidense contiene mensajes positivos y necesarios para su contexto, pero no debe interpretarse como un modelo exportable sin adaptación.
¿Por qué la dieta mediterránea sigue siendo la referencia en España?
En España, la dieta mediterránea sigue siendo el patrón dietético con mayor respaldo científico en términos de reducción del riesgo cardiovascular, metabólico y de mortalidad, y debe seguir siendo la referencia fundamental.
El reto es evitar interpretaciones simplistas y reforzar la educación nutricional que permita a la población comprender no solo cuánto comer, sino qué alimentos priorizar y en qué contexto, siempre desde un enfoque realista, individualizado y basado en la evidencia.
Un mayor énfasis en las proteínas es en parte beneficioso, pero el equilibrio es más importante que los debates sobre productos animales versus vegetales. El consumo excesivo de carne roja y procesada conlleva riesgos para la salud que no se reflejan visualmente de forma adecuada.
La guía se centra correctamente en los azúcares añadidos y los alimentos ultraprocesados, pero debe considerar factores sociales como los ingresos y el acceso. Los patrones dietéticos mediterráneos siguen siendo una referencia más sólida, lo que requiere educación más allá de las recomendaciones universales simplificadas.
