Investigadores confirman que las heces de ballena aportan hierro y nutren el fitoplancton
Cuando pensamos en ballenas, suelen venir a la mente imágenes de saltos espectaculares y colas enormes recortadas contra el horizonte. Rara vez consideramos sus excrementos. Sin embargo, una nueva investigación de la Universidad de Washington ha situado las heces de las ballenas en el centro del debate climático. El estudio revela que estos excrementos contienen grandes cantidades de hierro y otros micronutrientes que pudieron haber fertilizado océanos enteros en el pasado y que actualmente continúan alimentando la base de la vida marina.
El Papel del Fitoplancton
¿Y qué tiene que ver todo esto con el aire que respiras? Mucho más de lo que parece. Para entenderlo, deberíamos considerar a los auténticos “pulmones” del planeta, el fitoplancton. Estos diminutos organismos flotan en la superficie del mar y realizan fotosíntesis, capturando carbono y liberando oxígeno. Se estima que producen al menos la mitad del oxígeno que respiramos y que cada año capturan alrededor de 37.000 millones de toneladas de CO2, una cantidad comparable a varias selvas amazónicas. El problema radica en que en amplias zonas del océano, el hierro disponible es tan escaso que limita su crecimiento.
Las Ballenas como Fertilizantes del Océano
Ahí es donde entran en juego las ballenas. Cuando se alimentan en profundidad y luego suben a la superficie para respirar, liberan nubes de excremento muy ricas en hierro y nitrógeno. Diversos estudios han mostrado que estas heces pueden contener desde mil hasta cien mil veces más hierro disuelto que el agua de mar circundante y, en algunos casos, hasta diez millones de veces más por unidad de peso que el agua del océano Antártico. Es como si los grandes cetáceos estuvieran abonando el océano con un fertilizante natural de alta potencia.

El nuevo trabajo, liderado por oceanógrafos de la Universidad de Washington, ha dado un paso más. El equipo analizó cinco muestras de heces de ballenas barbadas, procedentes de yubartas del océano Austral y de ballenas azules frente a la costa de California, y no solo midió la cantidad de hierro, sino en qué forma química se encontraba. Los resultados revelan concentraciones de hierro disuelto entre mil y cien mil veces superiores a las típicas de la superficie del océano, acompañadas de moléculas orgánicas que mantienen ese metal en una forma fácilmente utilizable para el fitoplancton.
El equipo también detectó cantidades significativas de cobre, un metal que en exceso puede ser tóxico, pero que se encontró ligado a compuestos orgánicos muy estables que lo mantienen en una forma segura para la mayoría de los organismos marinos. Según el autor principal Patrick Monreal, su análisis sugiere que la reducción histórica de las poblaciones de ballenas ha tenido consecuencias químicas en el océano mucho mayores de lo que se pensaba.
La Conexión entre Ballenas y Ecosistemas Oceánicos
Por décadas, se asumió que si había menos ballenas, habría más kril y más pescado para las pesquerías. Sin embargo, la realidad ha sido muy diferente. En varias áreas del océano Austral, donde la caza industrial dejó a las ballenas al borde del colapso, también se observó una caída del kril y de la productividad en superficie, justo lo contrario de lo esperado. El nuevo estudio refuerza la idea de que los cetáceos no solo comen, sino que también reciclan nutrientes clave, manteniendo vivo el engranaje que conecta el hierro, el fitoplancton, el kril y el resto de la cadena alimentaria. Cuando ese engranaje se frena, el clima también lo nota.
El Carbono Azul y su Importancia
Las ballenas juegan además un papel crucial en el llamado carbono azul. A lo largo de su vida, los grandes cetáceos acumulan carbono en sus enormes cuerpos. Estimaciones del Fondo Monetario Internacional indican que cada gran ballena puede secuestrar de media unas 33 toneladas de CO2, muy por encima de lo que atrapa un solo árbol en toda su existencia. Al morir, muchas se hunden hasta el fondo marino, donde ese carbono queda almacenado durante siglos o incluso milenios, formando auténticas tumbas de carbono.
Si las poblaciones de ballenas barbadas volvieran a los niveles anteriores a la caza industrial, el flujo de carbono que enviarían cada año a las profundidades sería comparable al almacenamiento de un bosque de alrededor de 110.000 hectáreas, una superficie similar al Parque Nacional de las Montañas Rocosas en Estados Unidos. Sin embargo, la realidad actual es muy distinta, ya que la caza del siglo XX redujo la biomasa de grandes ballenas en más de un 85%, con algunas especies cuyas poblaciones han caído entre dos tercios y más del 90%.
Presión Sobre las Poblaciones de Ballenas
A pesar de que la mayoría de estas especies están protegidas por la moratoria internacional, aún se enfrentan a nuevas presiones como la pesca de kril, el tráfico marítimo y el calentamiento del agua. Al mismo tiempo, una ballena viva genera ingresos estables para muchas comunidades costeras a través del avistamiento responsable de cetáceos, un sector que mueve entre 2.000 y 3.000 millones de dólares al año a nivel mundial y miles de empleos directos. Esto es especialmente evidente en lugares como Tarifa o en algunos puertos de Canarias, donde el turismo de cetáceos complementa a la pesca tradicional. En la práctica, conservar ballenas significa océanos más productivos, más carbono almacenado y economías locales más resilientes.
A nivel individual, puede parecer que todo esto tiene poco que ver con la factura de la luz, pero sí tiene repercusiones sobre algo tan básico como el aire que respiramos y la estabilidad del clima que marcará las futuras olas de calor, las cosechas o la salud de los océanos de los que depende gran parte de nuestra alimentación. Apoyar políticas de protección marina, escoger pescado de origen sostenible y exigir normas estrictas a las flotas y a las grandes rutas marítimas contribuye a preservar esas funciones silenciosas que las ballenas ofrecen. Estos grandes cetáceos no son una solución mágica al cambio climático, pero son aliados poderosos que casi dejamos fuera del juego el siglo pasado.
El estudio que analiza la química de los excrementos de ballena ha sido publicado en la revista científica Communications Earth & Environment.
